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jueves, 20 de agosto de 2009

La muerte del Mediterráneo.

Un mar se extiende por el centro del mundo, o por lo menos eso pensaban las primigenias civilizaciones manifestadas en tres continentes; el “Mar del medio de la Tierra” o Mediterráneo era en efecto una colosal masa de agua que se extendía por el centro del mundo conocido.
Hoy sabemos que el Mar Mediterráneo comprende apenas un escaso 1 % de la superficie marina del mundo y que dada su escasa profundidad supone una parte ínfima de la masa acuática global, pero este mar con fallidas aspiraciones centromundistas ha supuesto un accidente geográfico de vital importancia para la evolución de nuestra especie, el desarrollo de la civilización y el estímulo de nuestro ingenio. El Mediterráneo tiene además una asombrosa historia de vida y muerte, formación y desvanecimiento que contar a través de su inigualable geología.

El mar Mediterráneo desde la órbita terrestre.

Tras la fragmentación del séptimo Supercontinente forjado cien millones de años antes por la dinámica tectónica de placas, Pangéa, dos grandes continentes se disgregaron hace unos doscientos millones de años, a principios del periodo Jurásico, dejando correr las aguas del gigantesco océano Panthalassa entre las dos masas de tierra, generando el mar de Tetis. En Esencia, este primigenio mar acomodado entre Laurasia y Gondwana constituye ya masa acuática que con el tiempo daría origen a los mares Mediterráneo, Negro y Caspio, así como al propio océano Atlántico.
Una vez se produjo el desprendimiento de los continentes americanos de sendas vertientes occidentales de Laurasia y Gondwana, lo cual sucedió hace unos ciento cincuenta y ciento treinta millones de años respectivamente, el mar Tetis vio expandida su cuenca. Sin embargo, la casi simultánea fragmentación de Gondwana en continentes más reducidos: África, Antarctoaustralia e India, el continente africano inició un imparable peregrinaje hacia Eurasia, el fragmento oriental de Laurasia, a causa del movimiento ocasionado por la dorsal de Tetis, una zona de subducción ocasionada a mediados del periodo Cretácico.
A medida que la placa africana se aproximaba a la euroasiática, el lecho marino se elevaba a causa del choque y Tetis bañaba tierras hoy emergidas del Norte de África y gran parte de Europa, que en aquella época, a mediados del periodo Paleoceno, estaba constituido por un numeroso grupo de islas. A lo largo de la era Terciaria, el constante empuje de la placa africana estrechó el vínculo entre el creciente océano Atlántico, surgido a partir de la distanciación entre las tierras orientales y los continentes americanos, para producir un mar interior abierto a través de oriente. No tardaría mucho en producirse la definitiva colisión afroeuropea que daría al Postotetis su fragmentación actual y confeccionaría la línea de costa que hoy conocemos en el Sur de Europa, el Oeste asiático y el Norte de África; el mar Mediterráneo era ya una realidad, junto a los independientes mar Negro y mar Caspio; hace veinte millones de años, durante el transcurso del periodo Mioceno. Semejante choque propició que la profundidad media de estos mares apenas superasen los mil metros, salvo en las zonas de subducción en las que aparecieron fosas que superaban ligeramente los cinco mil metros.
Pero este mar, encajonado entre tres continentes y apenas conectado al resto de los océanos, estaba condenado a desaparecer incluso antes de adquirir el aspecto que tantas civilizaciones han conocido, pues el continente africano nunca mostró signos de detener su avance hacia el Norte. Hace unos cinco millones de años, mediado el periodo Plioceno, el empuje de la placa continental africana cerró el estrecho de Gibraltar, entre el Sur de la península Ibérica y el Norte de África; dado que el Mediterráneo pierde por evaporación el triple del agua que recibe de las lluvias y las aportaciones fluviales, el mar inició una rápida desecación, transformándose en una profunda llanura estéril con elevados niveles de salinidad; el lecho marino constituía un terreno extremadamente caluroso a causa de su depresión sobre el nivel de los mares y requemado por el implacable Sol; tan solo las fosas más profundas del Mediterráneo retenían parte del antaño abundante agua, pero con unos niveles extremadamente altos de salinidad concentrada. No sorprende que el mar se secase con tanta celeridad, pues el Mediterráneo recibe a través del estrecho tres veces más agua del Atlántico de la que vierte en este océano.
En cualquier caso, este epitafio resultó ser prematuro, pues algo más de un millar de años después del cierre del estrecho gibraltareño, cuando el mar agonizaba ya en sus últimos reductos, el dique forjado por el avance tectónico cedió frente al empuje de las aguas atlánticas; dicha fractura generó la que fue probablemente la segunda mayor caída de agua de la historia de nuestro planeta, solo superada por el vertido del mar interior de agua dulce de Norteamérica al océano Atlántico, millones de años antes. Aquella llanura mediterránea que había tardado más de mil años en secarse se vio rellenada por una cascada monumental cuyo torrente devolvió a este mar su antiguo esplendor en tan solo cuatro décadas. Pruebas de este extraordinario suceso nos han quedado varias; la más notable es la elevada salinidad del Mediterráneo en comparación con el resto del océano; también el análisis de los diferentes estratos del fondo marino cuenta con gran detalle todo el proceso de desecación y relleno, pero posiblemente sea el descubrimiento de una meseta submarina parcialmente derruida en aguas de Gibraltar el testigo más llamativo acerca de la aparición de un dique natural obstructor. En fechas recientes han sido descritos los efectos que la desaparición de esta masa de agua tubo sobre el clima europeo y africano; la aparición de sabanas donde antes hubo frondosos bosques y desiertos donde podían encontrarse llanuras está asociada a este dramático suceso; incluso hay quien piensa que pudo ser la desaparición temporal del Mediterráneo el promotor de la evolución humana al privar a nuestros ancestros del hábitat en el que vivían y forzar su adaptación a ámbitos menos arbóreos.
Obviamente no es este un final feliz; el continente africano prosigue su marcha hacia el Norte aun en nuestros días y pronto o tarde el estrecho de Gibraltar volverá a cerrarse; quizá de forma definitiva. Los terremotos que eventualmente sacuden zonas de Italia y Grecia, las naciones más cercanas a los puntos de subducción, nos recuerdan que este mar sigue empequeñeciendo sin descanso y su lecho se eleva cada vez más hasta que algún día deje de ser una cuenca marítima. Los cálculos geológicos más razonables hablan de un aislamiento definitivo del mar Mediterráneo dentro de unos cinco millones de años, quizá algo menos, aunque la elevación de su cuenca se prolongará durante decenas de millones de años. Inevitablemente, este heredero del ancestral mar de Tetis aguarda su agonía.
Con todo, es muy posible que el Mediterráneo muera mucho antes como ecosistema que como mar interior; éste constituye un hábitat extremadamente propenso al endemismo debido a su aislamiento y al peculiar clima que genera en las tierras cercanas a su costa, por lo que gran parte de las especies que lo habitan son exclusivas de sus aguas o de las regiones adyacentes. Si a esta situación le añadimos que es el Mediterráneo el mar más contaminado del globo, con mayor vertido de hidrocarburos, mayor sobreexplotación pesquera mediante técnicas destructivas de las llanuras submarinas y con una población humana que literalmente plaga sus costas y tierras de influencia directa, quizá su futuro sea menos halagüeño y su declive esté más próximo de lo que la mera geología augura.
La creciente concienciación acerca de los efectos del cambio climático que presenciamos y compromisos internacionales como la Convención de Barcelona pretenden ser síntomas de un mayor interés social y político por la conservación de esta fuente de vida, recurso para la humanidad y cuna de la civilización, pero solo una férrea determinación y diligencia será eficaz para lograr su objetivo.

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