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jueves, 12 de mayo de 2011

El retorno del bosque.

Si hace unos meses se hacía referencia en este Blog a la imponente biodiversidad de la Comunidad Valenciana, autonomía levantina de España, en esta ocasión me gustaría mencionar y resaltar otro dato relacionado con el primero, que reincide en la salud de la biología valenciana.
Es bien sabido, que durante décadas, la masa forestal ha sufrido una drástica regresión en toda la Península Ibérica; el urbanismo desbocado y la agricultura han puesto en jaque la foresta española hasta el punto en que la cultura del ladrillo amenaza con hormigonar el paisaje nacional. Obviamente, la valenciana provincia de Castellón no ha quedado al margen de esta desquiciante tendencia, sin embargo, aquí se ha podido contemplar un progreso mucho más pausado de esta loca carrera urbanizadora; no en vano, estamos ante la segunda provincia más montañosa de España, un hueso duro de roer para el sector de la construcción.
Esta característica agreste ha terminado por vencer su peculiar batalla contra el urbanismo, aunque pese a la obligada moratoria en la construcción impuesta por la crisis económica, la guerra no ha terminado. En estos momentos, en contra de la tendencia nacional, la foresta de la provincia de Castellón gana cada año alrededor de tres mil hectáreas, es decir, unos treinta kilómetros cuadrados de terreno a las tierras de cultivo y urbanas, tal y como confirman los datos del Anuario del Ministerio de Medio Ambiente y del Medio Rural y Marino.
Actualmente, el volumen de la superficie forestal roza los 4.300 Kilómetros cuadrados (423.113 hectáreas), lo que supone el 62 % del territorio total de la provincia. Dicha masa forestal gana terreno con gran celeridad, sumando un incremento medio anual de tres mil hectáreas, como muestran las cifras ministeriales desde el 2.005, cuando se asignaba a Castellón un volumen de foresta de 362.893 hectáreas, 15.668 menos que el estudio del pasado año.
En principio constituye una excelente noticia digna de ser celebrada, sin embargo Fernando Pradells del Colegio de Ingenieros de Montes de la Comunidad advierte del potencial peligro que este incremento forestal representa, pues el pobre cuidado que dichos bosques reciben incrementan las posibilidades de sufrir incendios forestales, sobre todo a lo largo de los calurosos veranos levantinos.
Por su parte, el representante de la Asociación de Propietarios Forestales del Parque Natural de la Tinença de Benifassá, Juan Manuel Batiste, indica que hace varias décadas también había fuego en los bosques, pero la diferencia es que entonces estaba controlado y solo se quemaban cien hectáreas anuales de media, mientras que ahora apenas se dedican cuidados y los incendios arrasan superficies enormes en cuestión de horas. En la misma línea se postulan los grupos ecologistas. Francisco González, portavoz del Grupo para el Estudio y Conservación de los Espacios Naturales (GECEN), incide en que los cortafuegos naturales que constituían los cultivos, ahora han desaparecido y han sido conquistados por esa masa forestal que queda abandonada. Es por ello que se solicitan acciones de gestión activa y conjunta entre propietarios y administración para recuperarlos o darles el merecido trato. Desde luego, El Espejo de la Ciencia se suma a esta justa reclamación popular en pro de la conservación de nuestros recuperados bosques.
La situación se presenta de forma muy semejante en los entornos naturales más sureños de la provincia, como los Parques Naturales del Desierto de Las Palmas, el de Espadán y el de Irta.

Foresta retomando áreas Cultivadas en Toga, Castellón.

Sin embargo, en estos Parques, así como otros ubicados en el resto de la Comunidad Valenciana, se ha dado también otro tipo de incremento de masa forestal. Se debe a los trabajos realizados por la Fundación La Caixa y la Consellería de Médi Ambient (Consejería de Medio Ambiente), los cuales se han destinado a la repoblación forestal de áreas boscosas perdidas a causa del fuego, dando además empleo a más de una treintena de personas padecedoras de riesgo de exclusión social. Este recurso no solo proporciona un territorio recuperado de bosque saludable y bien atendido, sino que además pretende aportar árboles que contribuyan a la absorción de CO2 emitido por la actividad humana. Hasta la fecha, este método nos ha otorgado más de ciento cincuenta y cinco hectáreas de bosque joven, el cual tiene la capacidad de absorber más de cuatrocientas cincuenta toneladas de Dióxido de Carbono al año.
Pendiente queda un ambicioso plan que permita ofrecer el debido trato que requiere nuestro nuevo territorio arbóreo, el cual se recupera a un ritmo asombroso, pero que amenaza con desvanecerse al calor de los implacables incendios forestales.

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